Había cortado la llamada con Emilia y dejado el celular, se dió cuenta que se había olvidado de avisarle que la película estaba paga desde la tarde, cuando fue al video club a devolver la que había visto el día anterior y había pagado la siguiente. Era un empedernido cinéfilo.
Volvió a buscar el contacto, pero abandono la actividad a mitad de camino. Pensó que no hacía falta la llamada, de todas maneras le iban a decir cuando retiraba la película, que no tenía que pagarla. No hacía falta llamar. Mientras preparaba la mesa, se comentaba la necesidad de usar el celular a cada rato, para cada cosa: avisarle a un amigo que no podía ir a jugar al fútbol, mirar la hora, usarlo de agenda.. desde que se compró el primero, nunca se deshizo de ese aparato universal. Había probado darle menos uso, incluso demoró en comprar este último, luego de haber perdido el anterior, para estar un pocó "más libre", como le había dicho a Emilia, en respuesta a las constantes quejas de ella, de que tenía que ir a la casa para hablar y verlo, o solo avisarle algo. Pero lo cierto es que el estaba más tranquilo sin celular. No lo miraba a cada rato. Nadie lo llamaba cuando estaba haciendo algo interrumpiendo su actividad. Y no es que particularmente lo ponía nervioso el uso del móvil, sino que la tranquilidad venía por que, analizaba él, el celular genera una dependencia constante sobre uno. Y le gustaba esa tranquilidad, pero tarde o temprano se daba cuenta que lo necesitaba. Y terminaba con uno nuevo.
Se sento en el sillón y espero entonces a su novia.
domingo, 13 de febrero de 2011
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